Recuerdo que en
una oportunidad que volvía de viaje de la montaña con una amiga, ella me dice
“lo triste es que uno vuelve, se mimetiza con la ciudad y se acostumbra al
caos”. Y sí, a menos que uno tenga campo, quinta o derivado en los alrededores,
suele pasar que Buenos Aires se nos venga encima de vez en cuando. Pero lo
cierto es que en su grandeza no solo ofrece cultura y glamour, sino también
opciones naturales. El invierno tira más para peli con frazada y chocolate,
pero en ese ratito de cálido sol (la venerada hora de la siesta para algunos) empujémonos
a levantar el traste para salir a mover las piernas y respirar verde.