Hoy amaneció
aguado en la ciudad de Buenos Aires. La luz gris que asomaba entre las persianas
me chistó ¡levantate que está divino! Bajé a la panadería, quería que la
manteca se me derritiera en el pan recién salido del horno. Tenía una mañana de
esas. Inevitablemente la media cuadra que caminé con la capucha puesta y el
olorcito a baguette en la nariz, me trasladó a la lluviosa París.